Comer las hojas que nadie más alcanza... ¿o pelear a cabezazos? Desde hace más de un siglo, los biólogos discuten la explicación del cuello más famoso de la sabana. Aquí está realmente el estado del debate, experiencia por experiencia.
Comer las hojas que nadie más alcanza... ¿o pelear a cabezazos? Desde hace más de un siglo, los biólogos discuten la explicación del cuello más famoso de la sabana. Aquí está realmente el estado del debate, experiencia por experiencia.
Dos metros. Es la longitud que puede alcanzar el cuello de una jirafa, un récord absoluto entre los animales terrestres actuales. Un órgano tan espectacular parece requerir una explicación evidente, y durante mucho tiempo todos creyeron tenerla.
Excepto que no. Desde los años 1990, este cuello está en el centro de una controversia entre biólogos, con artículos científicos que se responden entre sí, medidas contradictorias, experimentos de campo montados expresamente para decidir. Lo que se consideraba un caso de estudio tranquilo se ha convertido en un expediente candente.
Y es precisamente eso lo que hace que la historia sea apasionante: aquí veremos, paso a paso, cómo los investigadores intentan reconstruir el pasado de un órgano que no pueden observar evolucionar. Spoiler: la respuesta existe, es matizada y aún no está completamente fijada.
Comencemos por la explicación que todos conocen. Las jirafas se alimentan de hojas de árboles, especialmente de la cima de los acacias. Con un cuello de dos metros, una lengua y miembros anteriores alargados, alcanzan un estrato de vegetación al que ningún otro herbívoro puede acceder.
La idea es, por tanto, simple: este largo cuello sería una adaptación para evitar la competencia alimentaria. Mientras que antílopes, ñus o kudu disputan las ramas bajas, la jirafa come tranquilamente arriba, en una reserva de hojas que no interesa a nadie más porque nadie más puede acceder a ella.
Este razonamiento tiene la ventaja de coincidir con lo que observamos: una jirafa que pasta es una jirafa que pasta en altura. Y se basa en un mecanismo evolutivo claro, que vamos a detallar ahora.
Charles Darwin dedicó un breve pasaje a la jirafa en la sexta edición de su obra sobre el origen de las especies, en 1872. Su explicación se basa en una mecánica muy concreta, la de la selección natural por pequeños pasos.
Imagina una población de jirafas ancestrales cuyos cuellos varían ligeramente de un individuo a otro, como varía la altura en los humanos. En tiempos de escasez, cuando las ramas bajas han sido despojadas, los individuos capaces de pastar dos o tres centímetros más alto que los demás aún encuentran algo para comer. Sobreviven un poco mejor, se reproducen un poco más y transmiten esta altura ligeramente superior.
Repite la operación durante miles de generaciones: cada pequeña ventaja se acumula, y el cuello se alarga progresivamente. Este es exactamente el razonamiento de Darwin, quien insistía en este punto: son los individuos más altos los que han sido conservados durante las hambrunas.
Nota Bene: atención a no confundir con la idea errónea de que la jirafa alargó su cuello a fuerza de estirarse hacia las ramas. En la selección natural, el individuo no mejora en vida, es la población la que cambia de composición, generación tras generación, porque algunos dejan más descendientes que otros.
A mediados de la década de 1990, biólogos lanzaron una piedra en el estanque. Su objeción era factual: según sus observaciones, las jirafas no utilizan tanto su largo cuello para alimentarse en altura. Habían notado que las hembras pueden pasar hasta la mitad de su tiempo con el cuello en posición horizontal, incluso durante las temporadas en las que la competencia por la comida es más dura, es decir, precisamente en el momento en que deberían aprovechar su ventaja de tamaño.
De ahí su contra-propuesta, espectacular: el cuello sería ante todo un arma. En las jirafas, los machos participan en enfrentamientos ritualizados llamados necking. Se chocan violentamente los cuellos y utilizan su cabeza como un garrote, moviendo el cuello para golpear al oponente.
No es una figura retórica: el cráneo de los machos es muy grueso, reforzado, lo que transforma la cabeza en un verdadero mazo. En esta lógica, tener un cuello más largo y más masivo que el de su rival se convierte en una ventaja directa, y los machos mejor dotados se reproducen más, lo que impulsa la evolución del órgano hacia arriba. El paralelo propuesto era claro: el cuello de la jirafa desempeñaría el mismo papel que los cuernos de las antílopes o los astas de los ciervos.
Estos duelos no son simples paradas. Los golpes recibidos durante el necking son lo suficientemente poderosos como para romper las vértebras del adversario, y a veces la pelea termina con la muerte de uno de los dos machos.
Un ejemplo ilustra la magnitud del fenómeno: en Níger, aunque la población de jirafas es muy reducida, se registraron dos muertes consecutivas debido a combates en 2009. Con un número tan bajo, no es anecdótico.
El objetivo, como a menudo ocurre entre los grandes mamíferos, es el acceso a las hembras. Un macho que domina a sus rivales se reproduce, los otros esperan su turno o se van. Por lo tanto, se entiende por qué la hipótesis ha seducido: cuando un órgano sirve como arma en una competencia tan decisiva, la selección puede efectivamente moldearlo muy rápido.
Una buena hipótesis científica es una hipótesis que produce predicciones verificables. Y la del cuello-martillo produce al menos dos, muy claras.
Primera predicción: si el cuello ha sido moldeado por la competencia entre machos, entonces los machos deben tener un cuello notablemente más largo que las hembras. Esto es lo que se observa en la mayoría de las armas sexuales, como los cuernos de los impalas, presentes en los machos y ausentes en las hembras.
Segunda predicción, más embarazosa: hay que explicar por qué las hembras, que no practican el necking, también tienen un cuello inmenso. Un órgano costoso de hacer crecer y alimentar no tiene una razón evidente para aparecer en el sexo que no lo utiliza para pelear.
Nota Bene: la selección sexual se refiere a la parte de la selección natural que trata específicamente sobre el acceso a la reproducción, ya sea a través de la competencia entre parejas del mismo sexo o mediante la elección de pareja. Es ella quien explica los cuernos de los ciervos, una evolución que puede alcanzar extremos: en el ciervo gigante extinto Megaloceros giganteus, los cuernos alcanzaban 3,6 metros de envergadura y pesaban alrededor de cuarenta kilos.
Es el punto débil que ha valido a la hipótesis del combate las críticas más severas. Las hembras de jirafa también tienen un cuello muy largo, y no lo utilizan como un garrote.
Sin embargo, la selección sexual se aplica, por definición, solo a la competencia por la reproducción. Si el cuello fuera solo un arma del macho, deberíamos esperar una diferencia marcada entre los dos sexos, como en esas antílopes donde solo los machos tienen cuernos curvados hacia atrás, cuyo único uso es repeler a un rival durante las ceremonias de enfrentamiento.
Esto no es en absoluto lo que muestra la jirafa. Macho o hembra, la silueta es la misma, la garganta es desmesurada en ambos casos. Cualquier teoría que no tenga en cuenta este hecho deja la mitad del problema sobre la mesa.
Los defensores de la hipótesis del combate han propuesto una respuesta: las hembras tendrían un cuello largo por correlación genética entre los dos sexos. Traducción: machos y hembras están fabricados según el mismo plano de construcción, al menos al principio de su desarrollo, y un rasgo seleccionado en uno se encuentra mecánicamente en el otro, sin tener una función particular.
Este argumento no es absurdo en sí mismo. Funciona muy bien para explicar los pezones en los hombres: los pezones se forman muy pronto en el desarrollo embrionario, incluso antes de la diferenciación masculina, y como no molestan a nadie, la selección nunca ha tenido razón para eliminarlos.
Pero esta explicación tiene un defecto: a menudo se recurre a ella como último recurso, cuando los otros argumentos se han agotado. Y no es universal, ni mucho menos. En los bóvidos, por ejemplo, no explica por qué las hembras de búfalo y las vacas tienen cuernos mientras que las pequeñas antílopes hembras no los tienen. La verdadera razón, en este caso, es funcional: las hembras de búfalo son grandes animales oscuros, imposibles de camuflar en las altas hierbas, por lo que solo les queda defenderse, y sus cuernos son tan temibles que la especie ha heredado apodos como "hacedor de viudas" o "muerte negra".
En resumen, invocar la correlación genética para el cuello de las hembras jirafa equivalía a patear el tablero. Los críticos no se han privado de hacerlo.
Quedaba por resolver la primera predicción, la de la diferencia de tamaño entre los sexos. Es una cuestión de medidas, por lo tanto, una cuestión que se puede resolver con una cinta métrica y rigor.
En 2013, biólogos midieron con precisión los cuellos y las cabezas de jirafas machos y hembras, comparando longitudes y masas. Resultado: los machos tienen un cuello ligeramente más largo que las hembras, pero la diferencia es realmente mínima. Demasiado baja para ser atribuida a la selección sexual.
Es un punto importante de entender. Cuando un órgano es moldeado por la competencia entre machos, la diferencia entre los sexos suele ser espectacular, piensen en los cuernos de un ciervo o en las cuernas de un impala frente a hembras que no tienen nada. Aquí, tenemos una diferencia marginal en un órgano gigantesco en ambos sexos.
Por lo tanto, la predicción central de la hipótesis del cuello-arma no fue verificada. Lo que no significa que el necking no exista, como hemos visto, es bien real, pero probablemente no sea él quien hizo crecer el cuello.
El otro pilar de la hipótesis del combate era la idea de que las jirafas no se alimentan tanto en altura. Una vez más, unos investigadores decidieron verificar en lugar de discutir, con un dispositivo de campo de una simplicidad asombrosa, publicado en 2007.
El principio: aislar ciertos árboles con malla. La malla está diseñada para bloquear a los herbívoros más pequeños que las jirafas, que ya no pueden alcanzar el follaje, mientras que las jirafas, por su parte, pasan tranquilamente su cuello por encima de la valla y continúan pastando.
Al comparar luego estos árboles protegidos con los árboles testigos que permanecieron accesibles para todos, los investigadores pudieron medir quién comía qué y dónde. Veredicto: las jirafas sí se alimentan en altura, y lo hacen aún más cuando la competencia por las hojas es fuerte.
Es esta experiencia la que ha logrado que todos estén de acuerdo. La objeción inicial, la de las jirafas que mantienen el cuello en horizontal, no resistía una medida directa del acceso al recurso. En este punto específico, Darwin tenía razón.
Un último argumento proviene de la paleontología y complementa bien el cuadro. Según los fósiles, el largo cuello de las jirafas apareció hace entre 14 y 12 millones de años.
Sin embargo, este período corresponde a un cambio importante en el continente africano: una aridificación general, durante la cual los bosques cedieron en gran medida el lugar a las sabanas. En otras palabras, el número de árboles disminuye drásticamente.
¿Y qué sucede cuando quedan menos árboles para el mismo número de herbívoros? La competencia por cada árbol aumenta. Cada acacia se convierte en un recurso valioso, y la capacidad de alcanzar las ramas que otros no pueden llega a ser una ventaja de supervivencia considerable.
Por lo tanto, la coincidencia entre el momento de aparición del largo cuello y esta transformación del paisaje refuerza la hipótesis alimentaria. No es una prueba directa, un fósil no cuenta lo que comía el animal ese día, pero es un conjunto de indicios coherentes.
Entonces, ¿quién tiene razón? La respuesta más honesta es que ambas interpretaciones no se excluyen mutuamente. La alimentación en altura es muy probablemente la presión de selección que ha moldeado el alargamiento del cuello para toda la especie, machos y hembras por igual. Y el uso del cuello como maza en los duelos entre machos sigue siendo una fuerza evolutiva real, que explica muy bien la importante diferencia de grosor del cráneo entre los sexos.
A esto se suman otras hipótesis que los biólogos no han dejado de formular: el cuello ofrecería un punto de vista elevado que facilitaría la detección de depredadores, podría ayudar a regular la temperatura interna gracias a una gran superficie de disipación térmica, y algunos incluso han propuesto que evolucionó en respuesta al alargamiento de las patas, simplemente para que el animal pudiera seguir alcanzando el agua de los puntos de agua.
Lo que hay que recordar de esta historia es el método. En aproximadamente 140 años, se han propuesto, defendido, medido y probado en el campo varias teorías competidoras, y algunas han sido descartadas sin ser completamente excluidas. El cuello de la jirafa cumple múltiples funciones a la vez, y desentrañar cuál ha dirigido más fuertemente su evolución requiere experimentos ingeniosos, fósiles y muchas discusiones animadas.
La próxima vez que te cruces con una jirafa, ya sea en un parque zoológico o en un documental, sabrás qué observar: la altura a la que pasta, el grosor del cráneo de los machos, la mínima diferencia entre los sexos. Y sobre todo, sabrás que un hecho tan banal en apariencia como un largo cuello puede ocupar a los investigadores durante un siglo y medio... y probablemente lo seguirá haciendo por un tiempo más.
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