Antes de Freud y las neurociencias, se necesitaron siglos para atreverse a mirar dentro del cráneo humano. Así es como pasamos del alma inmaterial al cerebro observado, disecado, mapeado.
Antes de Freud y las neurociencias, se necesitaron siglos para atreverse a mirar dentro del cráneo humano. Así es como pasamos del alma inmaterial al cerebro observado, disecado, mapeado.
Durante siglos, la gran cuestión no ha sido saber cómo funciona el cerebro, sino dónde reside el alma. La escolástica medieval, esta filosofía cristiana que une estrechamente teología y razón entre los siglos IX y XVI, la convirtió en su campo de batalla favorito.
Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, describe un alma inmaterial propia del hombre, dotada de sensibilidad, imaginación, memoria y sobre todo de razón, esta última facultad que lo distingue radicalmente del animal (que no tiene, según él, más que sensibilidad, imaginación, memoria y estimación). Para él, el conocimiento parte siempre de lo sensible, pero es la inteligencia la que extrae una forma inteligible de ello.
Por el contrario, Averroes afirma que el alma es simplemente la forma del cuerpo, una idea considerada tan perturbadora que será prohibida en la universidad de París en 1215. Esta tensión entre el alma separada y el alma encarnada en la materia pesará durante mucho tiempo en la forma en que se atrevan, o no, a abrir un cuerpo para estudiar su interior.
Es en este clima que la Renaissance opera un cambio decisivo. Ya no se trata solo de discutir sobre el alma en los libros, se quiere ver, tocar, comprender el cuerpo que la alberga. Ambroise Paré, cirujano, y Leonardo da Vinci, un espíritu polifacético fascinado por la anatomía humana, encarnan este nuevo apetito por la observación directa.
Este giro no es aislado. Pensadores como Giordano Bruno se oponen frontalmente a la lógica aristotélica que dominaba hasta entonces las mentes, mientras que Montaigne inventa un género literario entero dedicado al estudio del hombre por sí mismo, resumido en su famoso "¿Qué sé yo?". Lo humano se convierte finalmente en un objeto de estudio legítimo, y ya no solo en un tema de especulación teológica.
Esta nueva curiosidad por el cuerpo, y en particular por lo que se oculta bajo el cráneo, prepara el terreno para siglos de descubrimientos. Marca el momento en que la pregunta "¿qué es el alma?" comienza, lentamente, a transformarse en "¿cómo funciona el cerebro?".
Observar no es suficiente para comprender. Incluso hoy, con medios mucho más sofisticados, el cerebro sigue siendo una máquina compleja cuyos misterios los científicos aún exploran. Así que imaginen en el siglo XVI, sin un microscopio digno de ese nombre ni teoría del funcionamiento neuronal.
Los primeros anatomistas del Renacimiento podían describir bien las formas, los pliegues, las envolturas del órgano, pero no tenían ningún medio para explicar cómo esa materia gris producía el pensamiento, el recuerdo o la emoción. El abismo entre ver y comprender seguía siendo inmenso.
Este desajuste entre la anatomía visible y el funcionamiento invisible de la mente alimentará la reflexión filosófica durante varios siglos más. Tendremos que esperar a la fisiología moderna, y luego al psicoanálisis, para que este misterio comience a desentrañarse un poco.
El deslizamiento del vocabulario no es trivial. Allí donde la Edad Media hablaba de alma, los filósofos del siglo XVII comienzan a hablar de conciencia, un concepto más cercano a la experiencia vivida que al dogma religioso. Descartes abre el camino con su famoso "pienso, luego existo", donde el yo se convierte en sinónimo de pensamiento puro, captado por intuición inmediata.
Leibniz, por su parte, imagina unidades llamadas mónadas, clasificadas desde las más simples, carentes de conciencia, hasta el alma humana, dotada de una verdadera conciencia, Dios representando la conciencia infinita última. Es una manera muy original de graduar los niveles de conciencia en toda la naturaleza.
Más tarde, Rousseau, en su obra sobre la educación, define la conciencia como el "juez infalible del bien y del mal, que hace al hombre semejante a Dios". Aquí se puede ver claramente que la palabra ha cambiado de sentido: ya no se trata de un soplo divino alojado en alguna parte del cuerpo, sino de una facultad interior de juicio y de percepción de uno mismo.
Concretamente, ¿de qué estamos hablando cuando mencionamos el cerebro? Se trata de aproximadamente 1,4 kg de materia gris que controla el pensamiento, las emociones, la memoria y que envía sus órdenes al resto del cuerpo a través del impulso nervioso. Este órgano forma parte de un conjunto más amplio, el sistema nervioso, que también incluye la médula espinal y una red de nervios.
La unidad básica de este sistema es la neurona. Cada neurona posee dendritas, ramificaciones encargadas de captar la información, y un axón, único y más largo, que transmite esta información a la neurona siguiente. El punto de contacto entre dos neuronas se llama sinapsis, lugar donde circula el impulso nervioso en forma de intercambios químicos o eléctricos.
Estas neuronas no trabajan solas. Están rodeadas y apoyadas por células gliales, que las protegen, las nutren y eliminan sus desechos. Para dar una idea de las proporciones: se cuentan aproximadamente 100 mil millones de neuronas en el cerebro, rodeadas de 50 a 100 veces más células gliales.
El cerebro no forma una masa uniforme, se divide en varios lóbulos bien identificados. El lóbulo frontal ocupa la parte delantera del cráneo, el lóbulo parietal se encuentra en la parte superior, el lóbulo occipital en la parte posterior, y a cada lado están los lóbulos temporales, derecho e izquierdo.
Esta organización en zonas distintas no es solo una curiosidad anatómica. Corresponde a una especialización funcional que los anatomistas han tardado siglos en comprender, cada región participa en tareas diferentes en el procesamiento de la información.
El cerebro se comunica con el resto del cuerpo a través del bulbo raquídeo, una especie de cruce que lo conecta con la médula espinal. Esta, alojada bien protegida en el canal raquídeo dentro de las vértebras, se asemeja a un pequeño cilindro aplastado de aproximadamente 0,5 centímetros de diámetro, y sirve como vía de transmisión en ambas direcciones: las órdenes del cerebro descienden hacia el cuerpo, y la información sensorial asciende hacia él.
¿Cómo llegan las sensaciones al cerebro? A través de las fibras nerviosas, esas cadenas de neuronas que comúnmente llamamos nervios. Cuando nos pinchamos o nos quemamos, la información viaja desde los nervios hasta la médula espinal, que a su vez la transmite al cerebro, lo que explica ese ligero retraso, de unos pocos microsegundos, antes de que el dolor se sienta realmente.
El ojo constituye una excepción interesante: conectado directamente al cerebro, transmite la información de manera casi instantánea, a diferencia de otras terminaciones nerviosas más alejadas. Este simple detalle ilustra cuánto cada sentido tiene su propio circuito de transmisión hacia el centro de comando cerebral.
Desde el punto de vista filosófico, esta cuestión de los sentidos ya había ocupado a los pensadores medievales. Santo Tomás de Aquino limitaba, por ejemplo, el alma animal a la sensibilidad, la imaginación, la memoria y la estimación, mientras que el alma humana añadía la razón, esta capacidad de establecer conexiones entre las ideas en lugar de simplemente recibirlas a través de los sentidos.
Si la anatomía ha logrado cartografiar con bastante precisión el cerebro, la conciencia, en cambio, sigue resistiéndose a cualquier localización simple. Kant ya distinguía entre los conocimientos que provienen de la experiencia y aquellos, llamados a priori, que existen independientemente de ella, una forma de decir que no todo se reduce a lo que los sentidos nos aportan.
Husserl, fundador de la fenomenología, insistía en que "la conciencia siempre es conciencia de algo", rechazando la idea de un sujeto totalmente desvinculado de su experiencia. Sartre retoma esta idea al distinguir el ser en sí, el de las cosas, y el ser para sí, el de la conciencia, que nunca coincide del todo consigo misma.
Lo que sorprende es que incluso la ciencia moderna, mucho después de estos filósofos, continúa buscando dónde y cómo la conciencia emerge de la materia cerebral. El misterio vislumbrado por los primeros anatomistas del Renacimiento, por lo tanto, nunca ha sido completamente resuelto, simplemente ha cambiado de forma.
Con Freud, a principios del siglo XX, la situación cambia completamente. Parte del principio de que cada uno de nosotros está regido por procesos de los que no es el agente consciente, leyes oscuras pero bien reales que gobiernan nuestras conductas tanto como los fenómenos naturales.
Su teoría distingue tres instancias: el ello, polo pulsional inconsciente presente desde el nacimiento, el yo, que se construye en contacto con el mundo exterior, y el superyó, moldeado por la educación y los prohibiciones interiorizadas. Para acceder a este inconsciente enterrado, Freud utiliza la interpretación de los sueños, los lapsus y los actos fallidos, esos pequeños errores del día a día que traicionan nuestros impulsos reprimidos.
Este enfoque debe mucho a Joseph Breuer, quien ya trabajaba en la histeria mediante el método catártico, que consistía en poner al paciente bajo hipnosis para hacerle descubrir el origen de sus síntomas. Freud abandonará la hipnosis en favor de una simple rememoración, invitando al paciente a decir libremente todo lo que le pasa por la cabeza, sentando así las bases del psicoanálisis moderno.
Unas décadas más tarde, Henri Bergson propone una forma completamente diferente de abordar la conciencia, muy alejada del cientificismo imperante de su época. En su "Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia", publicado en 1888, se niega a tratar el tiempo como un simple dato abstracto y prefiere la noción de duración, experiencia vivida e interior del tiempo que pasa.
Bergson también opone la inteligencia, orientada hacia la fabricación de herramientas pero incapaz de captar el movimiento de la vida, al instinto, conocimiento innato y directo de la materia viva. La intuición, en él, sería una supervivencia de ese instinto en el ser humano, capaz de alcanzar la esencia de las cosas donde solo la inteligencia fracasa.
Esta filosofía, que desarrolla especialmente en "Materia y memoria" en 1896, muestra que la cuestión de la conciencia no pertenece solo a los laboratorios. Sigue siendo, aún hoy, un cruce donde se encuentran la anatomía del cerebro, la experiencia íntima del tiempo y la reflexión filosófica, un poco como en la época en que Leonardo da Vinci y Ambroise Paré se atrevieron, los primeros, a mirar dentro del cráneo humano.
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